• Vladimir Polanco . Devoción Matutina

La recompensa del servicio


El campus de la Azusa Pacific University irradiaba una inusual felicidad. Distintas generaciones de graduandos se habían reunido para recibir con los brazos abiertos a los nuevos profesionales que egresarían de ese prestigioso centro académico. Uno de los momentos más memorables de la celebración fue la intervención del rector de la universidad, el Dr. Jhon Wallace. Mientras impartía su discurso, el Dr. Wallace llamó la atención del auditorio hacia tres de los graduandos. ¿Qué tenían aquellos jóvenes que merecían que la gente se fijara en ellos? ¿Eran acaso los mejores estudiantes de la universidad? No. ¿Eran hijos de padres influyentes? No. ¿Habían conseguido los mejores trabajos? Tampoco. Lo que los hacía especiales era su decisión de servir en lugares muy pobres durante varios años. Su mayor interés no era conseguir el más alto de los salarios. Su primera meta consistía en servir y ayudar a los más necesitados.

Tras pedirles que subieran a la plataforma, el rector se dirigió a los estudiantes y les dijo: “Alguien que ustedes no conocen ha escuchado lo que están haciendo. Él quiere que sean capaces de servir a las personas del lugar al que van sin ningún impedimento. Así que les ha dejado un regalo. Pidió permanecer en el anonimato, pero esto es lo que ha hecho por ustedes”. John Ortberg, que estaba presente en aquella graduación, dice que el Dr. Wallace llamó al primer estudiante y le dijo: “Tu deuda de ciento cinco mil dólares ha sido saldada”. Luego le dijo al segundo estudiante: “Tu deuda de setenta mil dólares ha sido saldada”. A la tercera persona le dijo: “Tu deuda de treinta mil dólares ha sido saldada” (El ser que quiero ser, p. 183).
Es legítimo que estudies para tener un mejor trabajo. Es loable que aspires a mejorar tu condición financiera. ¡Qué bueno sería que tengas el honor de pronunciar el discurso de graduación de tu clase! Pero nada más podrás alcanzar la mejor versión de ti mismo si, primero, te preparas para servir. Antoine De Saint Exupery, autor de El principito, tenía toda la razón del mundo cuando dijo: “Si queremos un mundo de paz y de justicia hay que poner decididamente la inteligencia al servicio del amor”. Eso fue lo que hicieron los graduandos, y eso les generó una buena recompensa.
“El que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás”(Mateo 20:26).

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