• Mónica Díaz - Ante todo cristiana

Resolviendo el rompecabezas del mundo


Muchos nos han hablado de cambiar el mundo; nuestro Señor nos habló de cómo cambiamos a nosotros mismos.

Hace tiempo escuché un relato de un hombre que tenía el buen hábito de jugar todos los días con su hijo. En una ocasión tenía que llevarse trabajo a casa, así que no podía dedicar aquel tiempo tan valioso a su pequeño. Entonces se le ocurrió una idea para mantenerlo entretenido hasta que él terminara: tomó un periódico y arrancó una página en la que había un mapa del mundo. Cortó el mapa en quinientos pedazos, haciendo con él un rompecabezas para que su hijo lo resolviera. Obviamente la tarea era demasiado complicada para alguien que nada sabía del mundo. Y así, confiado en que su niño jamás podría resolver el rompecabezas del mundo, le entregó la tarea y le dijo que cuando la terminara podrían jugar. Y él se sentó a trabajar.
Media hora después, escuchó una tierna vocecita: “Papi, ya terminé. ¿Podemos jugar ahora?” El hombre no daba crédito. “Imposible que hayas sabido resolver el rompecabezas tú solo -le dijo-, déjame ir a comprobarlo”. Y allí estaba, el mapa del mundo perfectamente completado, cada pieza en su lugar. “Pero esto es increíble, ¿cómo lo has hecho?”, preguntó. “Fue muy fácil -explicó el pequeño-. Detrás del mundo hay un hombre, así que cuando pude resolver el rompecabezas del hombre, las piezas del mundo encajaron en su lugar”.
Lo poco que sabemos del mundo es que es un rompecabezas demasiado complicado de resolver, pero Jesús nos enseñó que el mundo puede mejorarse si cada uno se mejora a sí mismo. Este no es un camino fácil, como no es fácil para un niño resolver un puzzle de quinientas piezas; la única manera de lograrlo es mirando continuamente a Jesús, quien fue capaz de renunciar al mal para mostramos el bien; de crucificar el yo para enseñarnos el camino; de llamar “amigos” a sus enemigos para que nosotros comprendiéramos qué es amar; de perdonar a quienes lo mataron para que nosotros aprendiéramos el camino del perdón.
El poder transformador de Cristo, eso es lo que cada uno de nosotros necesita para transformar el pequeño espacio en que habitamos. Una pieza junto con otra pieza, hasta que poco a poco se vaya viendo la obra completa de la salvación.

“Estoy seguro de que Dios, que comenzó a hacer su buena obra en ustedes, la irá llevando a buen fin hasta el día en que Jesucristo regrese” (Fil. 1:6).

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