Efectos saludables de "El circulo del amor"


Cuando la tragedia golpea todos tenemos la oportunidad de demostrar nuestra solidaridad. Después de la devastación causada por el huracán Katrina en Nueva Orleans, los Estados Unidos, con el apoyo de otras naciones, llevaron a cabo un programa de rescate y ayuda sin precedentes. A través de los medios, se invitó a la ciudadanía a involucrarse activamente en los planes de asistencias a damnificados.


Meses antes, en diciembre del 2004, un tsunami había devastado el sureste de Asia, causando la muerte de unas 300.000 personas. En su reunión del 11 de febrero de 2005, en la ciudad de Ginebra, la ONU recibió promesas por un total de 717 millones de dólares de todos los países del mundo. Esta suma representaba el 73% de los previstos 977 millones que se calculó que se necesitarían para cubrir las necesidades básicas de la población afectada durante los meses siguientes.


Nunca antes se había visto una ola de solidaridad global de tal magnitud, que mostrara el “lado bueno” de la humanidad, según declaró Jan Egeland, coordinador de las operaciones de ayuda de la ONU. ¡Qué inspirador es observar esa generosidad cuando nos golpean desastres naturales, guerras y conflictos! Lo más importante es que cada uno de nosotros puede formar parte de ese círculo de amor y buena voluntad, cuyos eslabones son los actos desinteresados de bondad.


Actos de bondad espontáneos.


Seguramente todos hemos sido objeto de algún acto de bondad que se grabó para siempre en nuestra mente. Uno de esos recuerdos proviene de mi niñez en mi país. Cuando mi madre murió de una enfermedad renal dejó seis hijos, todos entre tres y catorce años de edad. Mi padre trató de atendernos lo mejor que pudo. En la escuela los maestros hacían todo lo que podrían para consolarnos, pero nos sentíamos muy solos.


Los sábados por la tarde, una vez acabadas las clases, la directora de la escuela nos llevaba a mi hermano menor y a mí – de tres y seis años respectivamente – a su casa. Nos daba la merienda y luego seguía el ritual de un buen baño. Era una “ceremonia” que prolongábamos todo lo que podíamos. ¡Qué placer remojarse y chapotear en la gran tina redonda de cobre, hasta quedar todos colorados por el calor, y luego que la propia directora de la escuela nos secara y frotara vigorosamente…!


Más tarde, ya adulta, me di cuenta de cuánta bondad había en aquel gesto, y viajé, desde los Estados Unidos donde vivo, hasta una pequeña aldea francesa para visitar a la directora, entonces ya anciana y jubilada. ¡Qué sorpresa fue para ella, pues nunca imaginó verme otra vez, treinta años más tarde! Al recordar los años pasados en la escuela y expresarle mi gratitud por las “meriendas y los baños” de los sábados por la tarde, ella comenzó a llorar, admirada porque aquel acto tan sencillo hubiera dejado una impresión indeleble en mi vida.


Aquella mujer seguía el principio de la regla de oro, que se encuentra en las Sagrada Biblia, y que emana del mismo Hijo de Dios: “Hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes” (S. Mateo 7:12).

Hacer el bien es bueno para usted.

De acuerdo con varios estudios científicos, hacer el bien a otros trae beneficios significativos a la salud física y mental de la persona que los realiza. Alan Luks, el fundador de los programas Hermano Mayor y Hermana Mayor, ha demostrado que ayudar a otros a reducir el nivel de estrés que causa tantas enfermedades, mientras aumenta la producción de endorfinas, “las hormonas de la felicidad”, hormonas que literalmente hacen sentir más felices a las personas (cursiva nuestra).

Otros investigadores han encontrado que los pacientes que realizan actos de bondad muestran mejoría en casi todo tipo de enfermedades, pero más evidentemente en los casos de artritis reumatoidea, dolores de cabeza y de espalda, depresión, insomnio, acidez estomacal, lupus y asma. Además, la sensación de bienestar retorna cada vez que la persona recuerda el acto de bondad realizado.

En este mundo enloquecido, los actos compasivos- enviar una pequeña nota de agradecimiento, visitar a una persona que está sola y enferma, alentar a alguien con unas pocas palabras-, brillan como diamantes en un lodazal.

Tal vez, algún día, en otra ocasión, la oportunidad de ayuda a otro aparezca ante nosotros, y podamos convertirnos en parte de ese gran círculo de amor.

Un lugar para vivir.

Podemos empezar dentro de nuestra propia familia o en el vecindario, contribuyendo al círculo de amor, realizando actos desinteresados de bondad, dándonos nosotros mismos, “haciendo el bien sin mirar a quien”. Y uno de los “efectos secundarios” de ayudar a otros será la mejoría de nuestra propia salud y bienestar.

Fijémonos en Jesús, como dedicó su vida entera al servicio: “Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan sino para servir” (Marcos 10:45). Al hacer esto, estaremos sembrando semillas de buena voluntad a nuestro alrededor. No hay mejor manera de obedecer la ley de Dios.

“Si cada día todos hiciéramos pequeñas cosas unos por otros, este mundo sería un lugar mucho más placentero para vivir”. Porque un acto de bondad y otro, y otro… forman un círculo de amor que nos incluye a todos.

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