Responsabilidad no negociable


¿Alguien a quién culpar?

Una de las mayores desgracias de nuestra sociedad radica en la destrucción de su población joven. El consumo ilegal de drogas, las relaciones sexuales fuera del matrimonio, el índice de fatalidades por conducir automóviles bajo los efectos del alcohol, los suicidios y otros flagelos, llenan los titulares de los medios masivos de comunicación. ¿Quién responde por semejante cuadro? Podríamos culpar a la escuela, a la influencia negativa de los amigos, a los medios de comunicación, o a la sociedad en general. Sin embargo, tenemos que admitir que a nosotros los padres corresponde la mayor cuota de responsabilidad: “El hogar es el lugar indicado para la enseñanza de valores… Dios coloca la responsabilidad directamente sobre los hombros de los padres” (Len Mc Millan, Parentwise).

Por qué afirmamos que la mayor responsabilidad de que los hijos resistan las influencias corruptoras a su alrededor recae sobre los padres? Porque los padres somos para los hijos la principal fuente de influencia, a través del ejemplo personal; y de información, por medio del precepto. Cuando fallamos en el cumplimiento de esa doble labor (precepto y ejemplo), entonces se produce un vacío moral, un déficit socializador, que deja al joven peligrosamente vulnerable ante la influencia abrumadora, casi avasallante, de otros agentes socializadores: los amigos, los medios de comunicación y la cultura popular. Y ya sabemos que, en general, la influencia de estos agentes no siempre es la que deseamos para nuestros hijos.

De acuerdo a estas palabras, los padres debemos responder por la formación de nuestros hijos, pues sólo así podremos cumplir con una responsabilidad que no es transferible, ni negociable.


El plan de Dios para transmitir valores


¿Haz presenciado una carrera atlética de relevos? ¿Cuál es, además de la velocidad de los participantes, el factor decisivo entre la victoria y la derrota? Es el pase del testigo de un atleta a otro (barra de metal cilíndrica). Cualquier error o demora en el acto de transmitir ese pequeño objeto, de una mano a otra, con frecuencia determina el resultado de la competencia.

Exactamente lo mismo puede decirse del sagrado deber que los padres tenemos de “pasar” a nuestros hijos los conceptos de lo bueno y lo malo en la carrera de la vida. Precisamente por esta razón, Dios ordena: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñalas continuamente a tus hijos…” (Deut.6:5-7 Biblia Dios habla Hoy).

  1. El versículo 5 menciona una condición básica para que el “testigo” pase de padres a hijos.Si los padres pretenden que sus hijos amen a Dios sobre todas las cosas, ellos mismos deben experimentar primero tal amor.De lo contrario ¿Cómo podrían transmitir lo que no tienen?

  2. La invitación a amar a Dios al levantarse, al acostarse, quiere decir que debe ser parte integral de la vida familiar en todo momento.

  3. El versículo da por sentado que padres e hijos pasan juntos mucho tiempo.Eso pudo ser cierto en otras épocas, pero no lo es hoy.En nuestros días los niños pasan más tiempo con otros niños, con sus maestros y con la televisión, que con sus padres.¿Cuál es, pues, el desafío que los padres enfrentamos hoy?


Solemne encargo


¿Por qué son los padres los primeros responsables en la tarea de transmitir a sus hijos principios y valores? Porque los padres “están en el lugar de Dios para sus hijos, para fomentar cada principio correcto y reprimir cada pensamiento equivocado”.

Sí, los padres somos los responsables ante Dios de que los principios y valores de la Sagrada Biblia se transmitan a nuestros hijos. ¿De qué valores estamos hablando? Respecto a los padres, integridad, veracidad, amor al prójimo, responsabilidad, justicia, rectitud…

Del cumplimiento o incumplimiento de esta sagrada responsabilidad, dependerá que cada hogar sea un poder para el bien o para el mal: “En el hogar es donde ha de empezar la educación del niño… allí con sus padres como maestros, debe aprender las lecciones que han de guiarlo a través de la vida: lecciones de respecto, obediencia, reverencia, dominio propio” (ACES 2000, Pág.103 Buenos Aires).

Los ideales no sobreviven sencillamente por ser grandes o verdaderos. Sobreviven sólo cuando son implantados en las vidas y en los caracteres de los niños y jóvenes.


Recordemos: nuestros principios y valores no pasarán a nuestros hijos de manera automática, o porque son buenos. La transmisión se producirá cuando intencionalmente nos esforcemos en que así sea.

¿Sobrevivirán nuestros ideales después de que nosotros, los padres, hayamos ido al descanso? ¿O los llevaremos a la tumba con nosotros? Si la vida es una carrera, y el “testigo” está en nuestras manos, entonces debemos pasarlo, porque la responsabilidad que Dios nos ha dado no es negociable.


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