La medicina equivocada

Esa mañana mi hijo mayor le propondría matrimonio a su novia. Sería una sorpresa para la chica, en un centro comercial y solo dos días antes de la Navidad. Estaba tan emocionada que al levantarme, “corrí” a buscar mis dos pastillas diarias para la presión alta, pues quería estar serena para tal evento, ¡No quería que mis emociones arruinaran el día tan esperado! Así que tomé mis pastillas, me alisté, preparé el desayuno, y cuando toda la familia se preparaba para salir, comencé a sentir una debilidad muy grande, ¡tanto que no podía sostenerme de pie! Mientras desayunaban me quedé dormida.


Pero… ¡si yo estaba perfectamente bien! Revisé mi presión arterial: no estaba ni alta ni baja; ni tampoco era el día de la boda, como para sentirme tan afectada. No entendía lo que me pasaba, pero no quería perderme un día tan especial, ni arruinarlo, así que con ayuda de algunos familiares entré en el vehículo y fuimos al evento. Allí solo pude pararme en una esquina y contemplar todo de lejos, por lo débil que me sentía. Aun así, me emocioné contemplando lo hermoso que quedó todo.


Cuando regresamos a casa seguía débil, así que me acosté y seguí descansando. No fue hasta la noche, cuando iba a rellenar mi cajita de píldoras vacía, que me di cuenta de que ¡había tomado dos medicamentos equivocados! Los dos eran relajantes musculares muy fuertes. Eran exactamente del mismo color, forma y tamaño de los dos medicamentos que uso a diario para la presión arterial. ¡Extraña y peligrosa casualidad!


Más tarde entendí que Dios me salvó la vida ese día y le pedí que me diera una lección espiritual de esta experiencia. Y fue esta: cada día necesito dos medicamentos para mi vida espiritual. Primero: hablar con Dios; y segundo: meditar en su Palabra. Yo soy una mujer muy ocupada, y cada día, al igual que Marta, voy de lado a lado con mil afanes. A veces olvido tornar mis “dos píldoras”, y a veces las sustituyo por aquellas cosas que aparentan ser buenas pero que, al final, adormecen mi alma


¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¿Por qué, pues, no hubo medicina para la hija de mi pueblo? Jeremías 8:22

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