Un valioso tesoro



Josafat se condujo en todo con rectitud, como Asá, su padre. 1 Reyes 22:43 Dos reyes se unieron para combatir a un enemigo común. Diseñaron el plan de ataque y escogieron la que les pareció la mejor ruta para movilizar sus tropas: el camino del desierto. Después de varios días de recorrido, enfrentaron una severa crisis. El agua se les acabó. ¿Qué podían hacer ahora para aplacar la sed de miles de hombres y de animales? En medio de la crisis, un rey exclamó: «¡Vaya! Parece que el Señor nos ha traído al desierto para entregarnos en manos de nuestros enemigos». En cambio, el otro preguntó: «¿No hay por aquí algún profeta de Dios para que consultemos al Señor por medio de él?»

¡Reacciones muy diferentes! Uno culpa a Dios, el otro lo busca. ¿Y quiénes eran los reyes de este relato? El que culpó a Dios fue Joram, rey de Israel, e hijo nada menos que de los perversos Acab y Jezabel. El que buscó a Dios fue Josafat, rey de Judá, hijo del rey Asá, de quien se dice que «fue siempre fiel al Señor» (1 Rey. 15:14).

Por cierto, en respuesta a la pregunta de Josafat («¿No hay por aquí algún profeta de Dios para que consultemos al Señor por medio de él?»), alguien informó que cerca de ahí se encontraba el profeta Elíseo. Y gracias a Eliseo, los reyes no solo encontraron agua, sino que también derrotaron a los moabitas.

¿Qué dicen las Escrituras de estos dos reyes? De Joram, el hijo de Acab, la Escritura dice que hizo lo malo (2 Rey. 3:2), aunque no tanto como su padre. ¿Y de Josafat? Dice que «se condujo en todo con rectitud, como Asá, su padre» (1 Rey. 22:43). Por supuesto, aquí no estamos diciendo que si el padre es bueno, el hijo también lo será. Pero las posibilidades de que el hijo sea bueno aumentarán. En el hogar donde Josafat creció se respetaba el nombre de Dios. Y ese fue el mayor tesoro que Josafat recibió de sus padres como herencia.

Si tienes padres que respetan el nombre de Dios, que se esfuerzan por enseñarte principios y valores morales, entonces tienes buenas razones para darle gracias a Dios. Y, por supuesto, para agradecer a tus padres.

Gracias, Señor, por mis padres, y por las enseñanzas que me han transmitido.


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