Cárcel plástica


Las fiestas navideñas pasaron, las visitas se fueron y la casa quedó vacía.


Lidia, una madre soltera que vivía con su niño de 12 años, decidió revisar la correspondencia para pagar las cuentas. Frente a sus ojos había cuatro sobres de tarjetas bancarias con estados de cuenta que mostraban cargos elevados. Cómo podía ser’ ¡$2700; $1800, $3300, $950! ¡En conjunto, sus deudas a las tarjetas sumaban casi $10000! La nueva computadora, la “tableta”, los juegos electrónicos, la ropa de marca, el televisor, el equipo para esquiar, el “I-phone”, en fin, todas eran cosas que Eduardito necesitaba para ser feliz. Después de todo, no tenía un padre que lo apoyara. Desde que los abandonó, nunca se había comunicado con ellos, y Lidia intentaba rodear de regalos a su hijo para “hacerlo feliz” a costa de las “trampas plásticas”.


Cuando la entrevisté, me dijo que el dinero que ganaba apenas le alcanzaba para vivir. Estaba pagando solo la cantidad mínima que los bancos exigían cada mes y sabía que le llevaría muchísimos años saldar las deudas. ¡La pobre Lidia se sentía prisionera!

Le sugerí que le presentara su problema a Dios, le pidiera perdón por su irresponsabilidad, y después le explicara a Eduardo que tendrían que devolver las cosas que todavía no se habían usado, como el equipo de esquiar, los juegos electrónicos, el televisor y algunas prendas de vestir. Le dije que luego derritiera las tarjetas de crédito e hiciera con ellas una celda, y exhibiera su “obra de arte” en la puerta de su refrigerador. La animé a que ese mes de enero tomara la resolución de no gastar en cosas innecesarias, evitara en lo posible comer en restaurantes, y usar cualquier dinero extra que recibieran para abonar a las deudas.


Lidia tomó en serio el consejo y, con la cooperación de Eduardo, emprendió la tarea de escapar de su “prisión”. Luego tuvieron una entrevista con un experto en finanzas que los ayudó a negociar rebajas en los bancos. Con las devoluciones y los ajustes de las compañías de crédito, la deuda que a principios de año era de $8750 dólares, para fines del siguiente año había bajado a $620 dólares. ¡Difícil de creer! Sin embargo, la determinación, la disciplina, la buena relación con su hijo y ante todo la confianza en dios, hicieron posible este milagro.

Cuando Lidia me dijo lo que habían hecho, ya estaban por salir de la “cárcel plástica”. ¡Qué maravilloso es Dios, el dueño de todo, que escucha nuestras plegarias y se une a los que confían en él para ayudarlos a salir de las dificultades!

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