Agua para el corazón




El agua potable es vital para saciar nuestro cuerpo que, por cierto, está constituido básicamente de agua; y para limpiarlo, tanto exterior como interiormente, de elementos contaminantes y nocivos para nuestra salud. El Agua de vida, para saciar nuestra necesidad de Dios, es insustituible, por más que intentemos buscarle sustitutivos que no hacen sino agrandar nuestro vacío interno (y también el externo de una conducta superficial). Dios nos prometió a través del profeta: “Haré brotar ríos en áridas cumbres” (Isa. 41:18), y así lo hace en nuestra vida espiritual, dándonos esperanza cuando estamos desesperanzados. ¿Y qué podemos decir del agua física, que sustenta nuestro organismo? Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que es imprescindible para nuestro corazón.

El doctor Chan, de la Universidad de Loma Linda, California, llevó a cabo un estudio* en el que dio seguimiento a 8.280 hombres y 12.017 mujeres durante seis años. Como resultado descubrió que los que bebían la mayor cantidad de agua diaria, en comparación con los que bebían mayormente otras bebidas como jugos, gaseosas, té o café, reducían considerablemente su riesgo de padecer un ataque cardíaco mortal. Es decir, que el agua es vital para el corazón. Además de sus beneficios sobre nuestro metabolismo, la elasticidad de la piel, el buen funcionamiento del cerebro, la presión arterial o para aliviar el dolor de cabeza, el agua nos ayuda a disfrutar de un corazón sano.

Somos cuerpo y somos espíritu; somos seres camales y espirituales; y para ambos aspectos de nuestra naturaleza Dios ha provisto un elemento único y esencial: el agua, que nos limpia por fuera y por dentro físicamente, y nos da paz, tranquilidad y esperanza en lo más profundo y esencial de nuestro ser: nuestra espiritualidad. El agua de vida, sin la cual no hay vida.

“Cualquiera que beba del agua de este pozo volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo doy nunca más tendrá sed. Porque esa agua es como un manantial del que brota vida eterna” (Juan 4:13, 14, TLA).


*“Water, Other Fluids and Fatal Coronary Heart Disease”, American Journal of Epidemiology, 2002

David sabía muy bien de la importancia del agua para calmar la sed tanto por fuera, como por dentro. De eso da buena cuenta nuestro versículo de hoy.


Tú, Dios mío, eres mi pastor; contigo nada me falta.

Me haces descansar en verdes pastos, y para calmar mi sed me llevas a tranquilas aguas. David


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