Encuentro en un campo de concentración



Simón Wiesenthal cuenta en su libro The Sunflower (El girasol), algo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial en uno de los campos de concentración nazi donde estuvo preso. Un joven oficial de la SS (escuadrones de seguridad) estaba gravemente herido y había pedido que se trajera ante su presencia a alguna persona de origen judío. La SS fue una de las organizaciones más grandes y poderosas de la Alemania nazi y responsable de las mayores atrocidades contra los judíos como, por ejemplo, la administración de campos de exterminio donde murieron millones de personas. Simón Wiesenthal cuenta que él fue seleccionado para comparecer ante el joven oficial agonizante. Cuando llegó, el alemán empezó a confesar los crímenes que había cometido contra los judíos y después le pidió a Simón que lo perdonara. ¿Qué habrías hecho tú? ¿Lo habrás perdonado?


Simon Wiesenthal comenta que rehusó perdonarlo. Tal vez tenía razón. Solo puede perdonar una ofensa aquella persona que la ha recibido. Simón no había sido víctima personal de ese oficial y por lo tanto no podía perdonarle sus crímenes. Toda búsqueda de perdón requiere un acto de confesión honesto; es decir, una confesión ante la víctima. ¿Qué pasa cuando la persona que ha sido víctima de una ofensa no tiene el ánimo de hacerlo, si ha muerto, por ejemplo, o no está dispuesta a perdonar? ¿Es imposible obtener el perdón en estos casos? La Biblia dice que Dios es quien, finalmente, otorga el perdón. Esto es así porque cualquier ofensa que realizamos contra otro ser humano es una ofensa contra Dios, su Creador y Redentor.


El hecho de que Dios sea quien otorgue el perdón no nos libera, sin embargo, de la responsabilidad de perdonar a quienes nos han causado daño. Dios ha dicho que perdonar a quienes nos ofenden es un deber de cristiano. Desde el punto de vista bíblico, el perdón a los demás no es opcional. Cristo mismo lo ejemplificó cuando perdonó a sus verdugos mientras moría en la cruz. Esta es quizá una de las responsabilidades más difíciles que el cristiano debe cumplir. Cuando pienso en esta responsabilidad llegó a la conclusión de que solo Dios puede ayudarnos a cumplirla cuando nos da su espíritu. Cuando perdonamos nos parecemos más a él. Además, somos transformados para participar en la obra de restaurar a otros.


Hoy te invito a perdonar a quienes te han lastimado. No importa quienes sean. Tal vez estén lejos, pero haz tuya la oración de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).


Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados. (Mateo 26:28)


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