En gloria


Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. Colosenses 3:4.


Estaba delante de mí, en la escalera eléctrica que nos conducía a la pla­taforma del tren, en el aeropuerto de Dallas. Delante de mí estaba ella, como tantas otras personas. Me llamó la atención por un simple detalle: llo­raba. Discretamente, como si tuviese vergüenza de mostrar sus sentimientos.


Por algún motivo que no sé explicar, me conmueven las lágrimas. Qui­siera andar con un pañuelo, enjugando el llanto de todas las personas tristes; pero me descubro insignificante, limitado, incapaz de hacerlo. Y, sin em­bargo, me continúa doliendo el dolor ajeno. No me permite ser feliz; no plenamente. Me recuerda que vivo todavía en el imperio de la tristeza y de la muerte, en el que llorar sea, tal vez, la mejor manera de sacar el veneno que destruye el alma.


Nunca sabré cómo se llamaba la dama triste que vi llorar en el aeropuer­to de Dallas. Pero, sé que la vida siempre será incompleta sin Jesús.


El texto de hoy habla de vida y de gloria; se refiere a la gloria que recibi­rán los redimidos cuando Jesús se manifieste de manera victoriosa y triun­fante a este mundo. Pero, su aplicación es alentadora hoy, mientras todavía transitamos por el desierto de esta vida.

San Pablo habla de “Cristo, vuestra vida”. No existe vida cuando estás lejos de Jesús. Él es la vida. Todo lo que el ser humano viva separado de la Fuente de la vida es un remedo de vida; frustración; vacío; búsqueda incan­sable; simple sobrevivencia. Yo no sé si la mujer del aeropuerto conocía a Jesús; no tuve tiempo de hablar con ella. Bajó del tren un vagón antes que el mío. La vi marcharse, con su porte de ejecutiva, su atuendo caro... y sus lágrimas.


Me quedé pensando en el dolor de aquella mujer, en su lucha interior, en sus dificultades familiares, en sus sueños frustrados. Y tuve ganas de escribir este devocional, para decirte que la vida solo vale la pena ser vivida con Je­sús. Con él, hasta el dolor tiene sentido; incluso las lágrimas significan espe­ranza. La esperanza de que un día todos los que creímos en Jesús “seremos manifestados en gloria”


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