Sin perdón no hay futuro


Una de las ofensas más grandes que puede experimentar un ser humano es ser discriminado por el color de su piel, la raza o la etnia a la que pertenece. Estos malos tratos son especialmente ofensivos porque atentan contra la definición más íntima y esencial del ser y denigran su dignidad.


Uno de los ejemplos más tristes fue el sistema de aparthied que imperó en Sudáfrica desde 1948 hasta 1994. El apartheid era un sistema legal que restringía los derechos de la población negra del país a la vez que garantizaba el poder a la minoría blanca. Este sistema separaba por ley los lugares donde las personas podían vivir, la educación que podían recibir, las playas que podían disfrutar y los servicios que recibían del gobierno. Todo basado en la raza del individuo.


Cuando finalmente este sistema cayó. Sudáfrica eligió a su primer presidente de raza negra. Nelson Mandela, quien había experimentado en carne propia la injusticia del apartheid, pues estuvo preso injustamente durante muchos años. Este cambio se produjo en medio de muchos temores y prejuicios entre las razas. Muchos de aquellos que habían sufrido discriminación pensaron que había llegado el momento para vengar los ultrajes recibidos.


Mandela sabía, sin embargo, que la venganza daría nuevo impulso al ciclo de la violencia y llevaría finalmente a la destrucción de la nación. Era imperativo perdonar. Mandela pidió, entonces, al obispo anglicano Desmond Tutu, otro ilustre ciudadano de raza negra, que dirigiera una comisión para la reconciliación y la verdad. Más tarde Desmond Tutu escribió el libro No Future Withot Forgiveness) (No hay futuro sin perdón). Allí dijo lo siguiente: “Perdonar es sin duda la mejor forma de procurar el bien por uno mismo porque la ira, el resentimiento y la venganza corroen el summum bonum, el bien mayor”.


Cuando Jesús nos pide que perdonemos a aquellos que nos han hecho mal, lo hace porque le interesa nuestro bien. Aquellos que no perdonan quedan atrapados en sucesos del pasado que los han denigrado y les causan dolor. Los recuerdos quedan atrapados en sucesos del pasado que los han denigrado y les causan dolor. Los recuerdos del pasado se convierten en un lastre que ata el alma, la enceguece y le quita la capacidad de orientarse hacia el futuro. Aquel que perdona, sin embargo, ha sido liberado de las ataduras del pasado y es libre para crecer.

Pídele a Dios que te ayude a perdonar. Recuerda, sin perdón no hay futuro.


No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el señor (Levítico 19:18)


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