La recompensa de los humildes


Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación. Sal 149:4


Dos hombres entran en el templo para adorar. Aparentemente van a adorar al mismo Dios. Pero hay una gran diferencia. El centro de la adoración del primero está dentro de él mismo. En el caso del otro, el objeto de la adoración está afuera. Uno de ellos se cree digno, merecedor, trae como ofrenda su buen comportamiento, su conducta impecable, y sus obras de caridad. El segundo se siente indigno, y va al templo para reconocer que es un pobre pecador y que no merece nada.

Jesús contó esta parábola. El primer hombre era fariseo, el segundo el publicano. Dios exaltó al último y rechazó al primero, y con esta parábola registró para siempre la idea central del evangelio, que es, a saber: que la salvación no es algo que tú conquistas con tus esfuerzos, sino un don que Dios te da sin merecerlo, por amor.


La teología de la salvación corre a lo largo de toda la Biblia. Los escritores bíblicos siempre enfatizaron -desde el Génesis, cuando Dios sacrificó un cordero para salvar a Adán y a Eva de la desnudez, hasta el Apocalipsis, que termina con una invitación a beber el agua de la vida gratuitamente- que la salvación es inmerecida. Tenemos acceso a ella únicamente mediante la gracia del Señor Jesucristo.


En el versículo de hoy, el salmista habla de la salvación. Afirma que la salvación es una especie de corona que adorna a los humildes. La palabra humildad, en hebreo anaw, literalmente quiere decir “los pobres los necesitados”.

Aquellos que no tienen nada y solo pueden recibir algo por misericordia. Esto no tiene nada que ver con el dinero, sino con el orgullo. Existen ricos humildes y pobres orgullosos.


La salvación es el principio de la felicidad. Nadie puede ser feliz cargando la permanente sensación de estar perdido. ¿Cómo puede tener paz en esa situación? ¿Cómo puede dormir tranquilo? ¿Cómo puede amar? La vida auténtica comienza cuando lo perdido es encontrado.


Acude a Dios hoy. Pero ve con actitud humilde. Reconoce que no eres digno. Tus errores y pecados se hicieron merecedor de la muerte, pero Jesús, con su muerte, entregó la Vida. Ni tú ni yo podremos, nunca, agradecer eso: “Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación”.


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