Las personas no son tóxicas


Quiero creer, a pesar de los muchos posibles ejemplos que he conocido, que las personas no son tóxicas sino que, quizás, en algún momento y por algún motivo, se vuelven inadecuadas para nuestra vida.

Son muchos los artículos que circulan por la red sobre las personas tóxicas: quiénes son, cómo detectarlas, qué hay que hacer para alejarlas… Todos ellos describen un perfil de persona que seguramente existe pero siempre he pensado que, aunque lo ideal es que nuestra manera de actuar se corresponda con nuestra verdadera forma de ser, cuando nos sentimos perdidos y no sabemos qué hacer, podemos llegar a crear situaciones que nos perjudican y que afectan negativa y dolorosamente a los que nos rodean. Es por ello que quiero pensar que las personas tóxicas en realidad son corazones que se sienten muy, muuuy perdidos y luchan contra todo de cualquier manera para encontrar de nuevo su camino. Y esta pérdida tan profunda y esta lucha tan desesperada golpean duramente y arrasan con todo, sin coherencia, sin consideraciones y sin tregua. Así que adjudicar el adjetivo ‘tóxica’ a una persona que no puede ser realmente quien es, me parece una sentencia un tanto desmesurada cuando, posiblemente, no podamos terminar de entender su manera de actuar porque viene derivada de un sinfín de circunstancias que nunca llegaremos a conocer del todo.

No podemos comprenderlas porque ni ellas mismas son capaces de asimilar lo que les lleva a actuar así. Y es muy duro estar junto a alguien que se siente así y más aún cuando hay amor, porque esa amistad o relación nos impide ver las cosas como son y queremos seguir adelante, cueste lo que cueste y aunque nos cueste nuestro propio dolor. Es entonces cuando la adecuación de esa persona en nuestra vida se tambalea.

Pero me niego a pensar que simplemente se cruzó porque sí, para abrir nuevas heridas y poner el dedo en algunas llagas. Nuevamente, quiero pensar que estas personas llegan a nuestra vida por algún motivo. Seguramente deben enseñarnos una lección que tenemos que aprender y una vez asimilamos lo que necesitamos, es también nuestro trabajo ser conscientes de que debemos dejarlas ir. Si nos empeñamos en seguir juntos, cuando lo negativo suma más que lo positivo, cuando el sufrimiento está apagando todo lo bonito, lo único que conseguiremos será hacernos un daño irreparable que distanciará definitivamente nuestros corazones para siempre. Separarnos a tiempo es también darnos la oportunidad de guardar en nuestro corazón lo mejor que hayamos vivido. Y si esa despedida es con cariño y gratitud por lo enseñado y aprendido, mejor que mejor.

Las personas no son tóxicas. Por una serie de dolorosas circunstancias se han perdido tanto que no pueden llegar ni a reconocerse. Y eso es triste, muy triste. Cada mentira, cada palabra hiriente, cada pensamiento rebuscado, cada manipulación… es un acto autodañino que realizan expulsándolo hacia a fuera como un intento desesperado de pedir ayuda. Y sí, es una de las peores maneras de gritar auxilio. Y sí, el que recibe el impacto de todo ese caos sentirá un enorme dolor con el que todavía se hace más difícil comprender. Pero, precisamente por eso, si no está en nuestras manos ayudar a esa persona, ya sea porque no podamos o porque no se deja, debemos separar caminos y despedirnos con un abrazo lleno de cariño deseando que, algún día, cuando esté preparada, esa persona inadecuada encuentre a alguien que sí pueda ayudarla tanto como necesita. Así que si tienes la capacidad de ver ese grito de auxilio desesperado maquillado detrás de toda la incoherencia y te das cuenta de que no eres tú quien debe resolver esa situación, perdona y permítete seguir tu camino alejado del suyo. El perdón te liberará a ti, para que no cargues con lo que ya no necesitas cargar, y seguir tu camino evitará que cometas el error de aferrarte a alguien que te hace daño dejándola marchar también.

Y sé lo que cuesta, porque en nuestro corazón seguimos albergando la esperanza de que aquello que está roto pueda solucionarse. Y ponemos nuestro empeño en arreglarlo.

Y seguimos buscando un porqué lo suficientemente rotundo como para podernos ir sin sentir que estamos abandonando, que no hemos hecho lo suficiente. Pero nunca llega ese motivo que tenga el peso necesario como para marcharnos. ¿Sabes por qué? Porque no depende de nosotros, sino de la otra parte. Si ya has hecho todo lo que estaba en tu mano y, si por ti fuese, ya estaría arreglado y no es así, es que ya no depende de ti. Y si es la otra persona la que no construye su lado del puente, será imposible arreglarlo, por muy firmes que sean los cimientos del tuyo, por mucho tiempo que lleves esperando. Siempre te quedarás a mitad de camino esperando la otra mitad de un puente que no está construido.

Sería genial que todos tuviéramos la madurez necesaria para, llegado el final, aceptar que se ha acabado, dejar de lado todo y despedirnos con un “gracias por lo que hemos vivido. De corazón, deseo que te vaya bien”. Porque decir adiós es también un acto de amor.

Y, ¿sabes qué pasa cuando dejas atrás a una de estas personas inadecuadas? Pues que la vida sigue y es incluso mejor. Ese espacio nuevo que has creado se llena de nuevas personas e incluso puede que algunas de ellas sean chocolate u otras lleguen a convertirse en verdaderos amigos pericardio. Y el espacio que has dejado en la vida de la otra persona también se llenará de aquello que más necesite en este complicado momento que está viviendo para que pueda continuar adelante.

Quizás algún día os volváis a encontrar y todo sea diferente, quizás entonces realmente estéis en el momento y el lugar adecuado para reprender esa relación tal y como os merecéis. Pero eso ya se verá. Lo importante ahora es el momento presente.

Date la oportunidad de seguir tu camino y ser feliz.

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