Los cambios necesarios


Photo by Wes Grant on Unsplash

A veces me indigno profundamente cuando suceden situaciones muy duras. No importa si se trata de una vivencia personal o si la magnitud del suceso es universal. No consigo entender porqué el dolor, la injusticia, la violencia y todas las maldades de la caja de Pandora son necesarias en un mundo que podría funcionar a la perfección con amor. Lo hemos hecho en un sinfín de ocasiones, hemos vivido con amor y es posible seguir haciéndolo, estoy segura de ello. Entonces, ¿por qué? Es en estos momentos cuando, de alguna manera u otra, alguien suele recordarme que, por muy difícil que sea vivir, entender y aceptar estas difíciles situaciones, en realidad nos encontramos ante un montón de procesos de cambio. A lo que suelo responder, ¿y no podríamos cambiar sin tanto dolor?

En realidad es una pregunta de la que ya sé la respuesta y, cuando estoy tan enfurruñada, no quiero ni recordarla. Pero cuando me tranquilizo un poco y pienso en mi propia experiencia y en cómo han sucedido los grandes cambios de mi vida, me doy cuenta de que si no hubieran sido tan intensos, aún seguiría en la misma situación que me pedía a gritos precisamente un cambio. La respuesta que sé, y que enfurruñadamente no quiero recordar, es que la dificultad del cambio está directamente relacionada con nuestra resistencia a él. Sí que podemos cambiar sin tanto dolor, lo hacemos día a día, cada dos por tres. Pero algunos cambios requieren unos cuantos puntos de fuerza extra para que les permitamos entrar en nuestras “inmutables” vidas.

Desde siempre he sentido que es como si existieran dos tipos de cambios. Uno bueno, de esos que parecen más una apetecible evolución que una difícil transición, y otro incómodo, de esos que trastocan todo mi mundo y lo dejan patas arriba o bocabajo o totalmente sacudido. Los cambios buenos suelen ser previsibles (incluso parecen planeados) y deseados y vienen acompañados de motivación por los nuevos retos y de muchas ganas. Los cambios incómodos son, pues, todo lo contrario: inesperados, arrolladores, destructores y demasiado intensos. Sé que, descritos así, la mayoría de nosotros preferiríamos los primeros y nunca los segundos pero, después de pensarlo mucho, creo que tanto unos como otros son en realidad lo mismo: un cambio. Con sus pros y sus contras, con sus facilidades y dificultades, con su cara A y su cara B. Y lo único que realmente diferencia un cambio de otro somos nosotros. ¿Recuerdas esa respuesta que sabía pero que no quería ni pensar?

Debo reconocer que, en muchas ocasiones, si los cambios que he vivido no hubieran sido tan profundos e intensos, posiblemente hubiera seguido poniendo todo mi empeño en arreglar y conservar situaciones que, en realidad, ya no debían seguir formando parte de mi vida. Mi resistencia al cambio ha sido grande, o incluso enooorme, en un montón de difíciles situaciones. Así que la vida se ha visto obligada a traerme cambios aún más grandes y enormes para que me diera cuenta de que no podía seguir así. En un intento de justificar mis actuaciones diré que no siempre es fácil identificar las despedidas y aún menos despedirse, aunque muy en el fondo tengamos la sospecha de que ya ha llegado el momento y de que no debemos (ni podemos) alargarlo más. Además, también debemos tener en cuenta nuestro miedo. Un cambio implica dejar lo siempre conocido por lo nuevo desconocido y el ‘qué pasará’ termina por paralizarnos más que lo que en realidad será. La vida nos ha demostrado una y mil veces que podemos seguir adelante, superar grandes dificultades y conseguir aquello que nos propongamos pero, aún así, decidimos darle un punto extra a ese miedo que nos impide cambiar.

Así que supongo que por todo esto intentamos mantener personas, vivencias, recuerdos, lugares y todo aquello que tenemos a nuestro alrededor (y que al final no nos conviene) junto a nosotros, aunque sepamos que toca despedirse para dejar paso a lo nuevo, aunque tengamos la certeza de que debamos superar ese miedo a lo desconocido. Podemos intentar mantenernos por un poquito más de tiempo en esa especie de apnea entre una transición y otra pero, si no reaccionamos, si alargamos demasiado, terminarán por llegar más grandes y duros cambios hasta que de verdad pongamos cada cosa en su lugar y nos decidamos a seguir adelante.

Aunque escriba estas palabras, a veces también quiero que el tiempo se detenga y todo se quede tal y como está. Pero poco después recuerdo que, para bien o para mal (aunque siempre acabo pensando que es para bien), el tiempo sigue adelante y con él todo evoluciona e inevitablemente termina por cambiar.

La vida es puro cambio, aunque a veces nos cueste aceptarlos. Y si no los llevamos a cabo nosotros, si nos resistimos perpetuamente, al final la vida encontrará la manera de hacerlos totalmente necesarios. Así que cuando estés ante un cambio, no tengas miedo ni intentes aferrarte a aquello que ya sabes que debes decirle adiós. Procura ponértelo lo más fácil posible y reduce tu resistencia a él para que te acompañe la motivación de los nuevos retos y ese sentimiento de aventura que traen los aires de cambio.

Recuerda que todos los cambios son necesarios, porque así es el movimiento que da vida a la vida.

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