Peregrinos rumbo al hogar


Photo by Fernando Brasil on Unsplash

El justo no será removido jamás; pero los impíos no habitarán la tierra. Prov. 10:30.

Si tú nunca estuviste lejos de casa, te será difícil entender el valor de la esperanza. Israel era un pueblo peregrino, alimentado por la esperanza. Desde la promesa hecha a Abram, Israel siempre soño con heredar la tierra y habitar en ella. La promesa se cumplió en cierta medida, porque un día llegaron y conquistaron la tierra de Canaán, pero lamentablemente, no permanecieron.

Salomón habla hoy a los peregrinos de nuestros días. Ante las adversidades, conflictos y dificultades diarias, somos alimentados por la bendita esperanza de que quedaremos en este mundo para siempre. En esta vida, todo es transitorio y pasajero. Somos peregrinos que estamos yendo a nuestro verdadero destino.

La "tierra" que Dios promete hoy a sus hijos, no está en este mundo. Hay un cielo, hay una vida mejor, hay un paraíso. Parece una utopía hablar de estas cosas en pleno siglo XXI. El pragmatismo que invade la cultura de nuestros días, se rehúsa a aceptar el paraíso como una realidad. Pero las Sagradas Escrituras afirman contundentemente que el cielo existe. "Pero los impíos no habitarán la tierra".

En el versículo de hoy, se dice que son los justos los que entrarán en esa tierra. En otra parte, el mismo Salomón menciona dos características de los que un día habitarán allá. Rectitud e integridad. Estos aspectos del carácter tienen que ver con la manera como las personas se comportan ante las circunstancias.

Las cosas son como son, no como yo imagino que deben ser. La noche es noche por más que yo amontone toneladas de luz artificial. Cuando tú no aceptas la realidad de la vida, inventas un estilo de vida ambiguo. Creas tus propias normas, te disfrazas, aparentas y divides tu mundo interior al punto de inhabilitarte para disfrutar de la vida plena. Pierdes la rectitud y la integridad.

Un corazón dividido. Una mente cercenada, un cuerpo con un pie yendo a la derecha y el otro a la izquierda. Así el hombre crea su propio infierno en esta tierra. Las llamaradas de su conciencia dividida le atormentan día y noche. Para esas personas no exsite la esperanza de un mundo mejor, ni aquí ni en el cielo.

Vale la pena cultivar los valores, porque "el justo no será removido jamás; pero los impíos no habitarán la tierra".

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