¡Muérdete la lengua!


Photo by Etienne Boulanger on Unsplash

El que guarda su boca guarda su alma, mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad. Prov. 13:3.

Hay un dicho árabe que afirma: "Cuidado para que tu lengua no ahorque tu cuello". La figura de la lengua larga, en este dicho, simboliza la rapidez y liviandad con la que algunas personas hablan.

Vivir es comunicarse. En el relato de la creación se dice que Dios creó a Eva porque no era bueno que el hombre estuviera solo. La vida sin comunicación sería incompleta. Las relaciones humanas deberían ser un camino de dos vías.

El instrumento de la comunicación que el Creador entregó al ser humano fue el don de la palabra. La palabra sería la herramienta que serviría para construir puentes y unir vidas. Pero, la entrada del pecado transformó a la palabra en un instrumento ambivalente. El ser humano puede con ella construir o destruir, herir o curar, levantar o derribar.

Las personas sabias son felices porque aprendieron a usar la palabra como un bálsamo curador y un pincel restaurador. La palabra ducha en el momento oportuno revoluciona vidas y transforma situaciones. Mira a tu alrededor. Hay gente cuyo corazón es tierra seca, esperando una gota de agua. Esa gota de agua puede ser la palabra y tu boca el manantial.

El texto de hoy presenta el resultado del uso de las palabras. Si tú hablas con prudencia, en la medida adecuada, recibirás como recompensa la vida. "El que guarda su boca guarda su alma", dice el proverbio. En el original hebreo dice: "conserva su vida". La vida es, en parte, el resultado de lo que tú haces con la palabra.

Por otro lado, "el que mucho abre sus labios tendrá calamidad". Abrir los labios con facilidad es hablar sin pensar, instintivamente, sin medir las consecuencias. Irónico como puede parecer, la víctima no es prójimo, sino el propio dueño de la palabra.

Usa hoy el don de la palabra para elofiar y no para adular, para aconsejar y no para criticar, para perdonar y no para condenar. Busca a Jesús, que es el Verbo, la palabra de Dios y pídele que habite en ti y hable a través de tus palabras. Escucha, acepta, abre los brazos, brinda oportunidades, construye, restaura, sin olvidar que "el que guarda su boca guarda su alma, mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad".

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