Sed del alma


Photo by Jong Marshes on Unsplash


Autor: Alejandro Bullón, Cada día más sabio


En ciudades como Nueva York o París, el agua no es simplemente agua, es una bebida de lujo. Con más de 700 marcas para escoger, la "eau de bouteille" [agua embotella] puede costar hasta el escandaloso precio de 15 dólarea en un restaurante sofisticado, como el Alain Ducase de Nueva York.


En los últimos años, la venta del agua envasada en el mundo ha aumentado muchísimo, y la industria de aquello que los americanos están llamando "la esencia de la vida", llego hoy a 7 mil millones de dólares anuales, solo en los Estados Unidos. Todo porque de repente la humanidad parece haber redescubierto los beneficios del agua para la salud.


Está comprobado que las personas beben poca agua. Se calcula que la mayoría de los habitantes del planeta viven crónicamente deshidratados. Cada día, un adulto pierde alrededor de un litro de líquido, y si ese líquido no se repone será perjudicial para su organismo.

El texto de hoy presenta la figura del ciervo, suspirando por las corrientes de las aguas. En las tierras desérticas era común ver las manadas de ciervos, moviéndose de un lugar a otro, buscando un pozo de agua. A veces el ciervo solitario y perseguido por sus depredadores, quedaba exhausto y lastimado de tanto correr. Entonces buscaba como su último refugio un pozo de agua. El animal descendía la colina y nadaba en medio del agua, tratando de ocultarse de sus enemigos. El agua no era para el ciervo algo opcional, era asunto de vida o muerte.


Pero el salmo de hoy no habla solo del agua, está hablando de Dios, que es el único Ser capaz de suplir la sed del alma. "Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo", dice David en el versículo 2.


"Sed del Dios vivo". Nuestros días están llenos de dioses muertos. Inventamos pequeños dioses, manejables, dirigibles, solo para tratar de engañar la sed del alma. Los llamamos: "energía", "luz", "fuerza interior", "aura". Jugamos haciendo de cuenta que creemos en Dios, pero el corazón continúa sediento. Como un desierto sin vida, esperando una gota de agua, una palabra de amor, un gesto de ternura, una actitud de cariño.


¡Ah! Si el ser globalizado de hoy abandonase un poco sus "grandiosas" conexiones y parase, en su loca carrera, descubriría el secreto de la vida victoriosa del salmista, y también diría: "Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía".


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